El otro hijo

“Ojalá viviera lo que predica”. ¿Cuántas veces has escuchado a alguien decir esto? O quizá hasta lo has dicho tú mismo.

Yo en lo personal, soy culpable de decirlo un par de veces, pero ahora con el Blog, pienso en esta frase mucho. Siempre leo varias veces lo que escribo y he dudado si publicar algo o no. Recientemente cuestioné si vivo lo que predico.

Viví por muchos años proyectando esta imagen de cristiana perfecta, cuando en realidad ni comprendía el verdadero significado de la cruz. Es cansado vivir como alguien que aparenta entenderlo todo, cuando en realidad no entiende nada.

No puedo decir que era una persona llena de vicios, que restauró a mi familia o que fui sanada de una enfermedad terminal cuando conocí a Jesús. Sé muy bien que Él es capaz de hacer eso y mucho más, pero mi historia con Él es un tanto distinta. Lo que sí puedo decir es que puso en mí un corazón adonde no había uno.

Me siento identificada con la parábola del hijo prodigo. Solo que no identificada con el “protagonista”, si no que con el otro hijo, del que casi nadie habla cuando se cuenta o se predica esta historia.

A Jesús le encantaba hablar en parábolas, historias en las que ocupaba metáforas para enseñar y hacernos comprender cosas bien importantes dentro del reino de Dios y el porqué de todo (es tan cool Él ¿verdad?) En esta historia, habla de un padre y sus dos hijos. Uno de los hijos le pide su herencia para irse bien lejos y vivir la vida loca (literal). Fue tan loca, que llego el día en el que se quedó pues, sin nada… ¡NADA! Al punto en el que veía la comida de los cerdos con envidia porque no tenía ni para comprarse una “cora” de pan (haha). Al verse en esa situación, recuerda todo lo que dejó atrás y se arrepiente, este arrepentimiento REAL lo hace regresar a casa. Llegó con un espíritu humilde y sabiendo que no iba a ser fácil ganarse el amor de su padre. Para su sorpresa, él lo recibe con brazos abiertos y hasta le organizó una fiesta de bienvenida.

Y todos vivieron felices para siempre… Hasta que apareció el otro hijo y dice esto:

“He aquí, tantos años te sirvo, no habiéndote desobedecido jamás, y nunca me has dado ni un cabrito para gozarme con mis amigos.

Pero cuando vino este tu hijo, que ha consumido tus bienes con rameras, has hecho matar para él el becerro gordo.

Él entonces le dijo: Hijo, tú siempre estás conmigo, y todas mis cosas son tuyas. Mas era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este tu hermano era muerto, y ha revivido; se había perdido, y es hallado.” (Lucas 15:29-31)

Wow.

Pensar que este era yo.

Es importante que veamos la actitud de este hijo.

  • He aquí, tantos años te sirvo, no habiéndote desobedecido jamás, y nunca me has dado ni un cabrito para gozarme con mis amigos.” Cuando servimos siempre lo hacemos por algo, pero ese algo tenemos que cuestionarlo. ¿Sirvo para glorificar a Dios o porque quiero aparentar algo? ¿Estoy cerca de Dios porque espero y quiero algo de Él (porque bien dicen que todo va a venir por añadidura) o porque disfruto estar en Su presencia y quiero estar cerca? El amor de Dios es constante e incondicional. No importa que hagamos o dejemos de hacer ÉL NOS AMA igual y sin medida. Y es por este amor que servimos.
  • “Pero cuando vino este tu hijo, que ha consumido tus bienes con rameras, has hecho matar para él el becerro gordo.” ¿Señalo el pecado de las personas para mostrar en lo que yo no estoy fallando y sentirme bien o mejor con mi propios “pecaditos”? O ¿Señalo el pecado de las personas para exhortar en amor, identificar, ayudar e instruir? Si Jesús no juzgó y no tiró ninguna piedra, ¿Quién somos nosotros para hacerlo? Jesús sabe lo que hacemos, deja la piedra a un lado, se nos acerca con amor y nos dice al oído “Ve en paz y no peques más”.
  • “Él entonces le dijo: Hijo, tú siempre estás conmigo, y todas mis cosas son tuyas” Luego de comenzar a comprender un destello del amor de Dios, ver a mi alrededor y comenzar a observar a las personas con otros ojos, el regalo más grande para mí fue saber que a pesar que viví años vacía y sin comprender en totalidad Su palabra, tuvo misericordia de mí. Ha cuidado de mí hasta hoy, he servido desde pequeña, me he rodeado de personas con Su corazón, me dio una familia que puedo admirar y aspirar a tener y puedo decir como testimonio que Él siempre ha estado a mi lado. No veamos afuera si no que con corazones agradecidos veamos que tenemos la dicha de disfrutar tanto, aquí, en Su presencia.

 Nací en un hogar cristiano, sirviendo en la iglesia, bautizada, involucrada en todas las actividades de jóvenes, en el grupo de alabanza, con una biblia que me acompañaba a todos lados, una boca y un lenguaje perfecto, vestida con decencia, una sonrisa para todos… pero sin amor.

No hablo del amor de las personas, afectuoso. Eso siempre lo tuve. Yo hablo del amor verdadero, de ese que te cambia la vida y te da LIBERTAD. Ese amor que solo puede venir de alguien en específico.

Yo juzgaba mucho a las personas que no eran “igual” que yo y señalaba su pecado. A los hijos pródigos. Tanto a los que aún no se habían arrepentido como a los que se arrepintieron. A los que no vivían lo que predicaban como a los que nunca habían escuchado una de esas predicas.

No comprendía la magnitud de Su amor.

El cómo llegó a mis manos ese amor, ese regalo de salvación, es otra historia que algún día les contaré, pero lo importante es que llegó. *Grito de júbilo*

Si eres mi amigo y estás leyendo esto, te quiero decir que te valoro por lo que eres. Y aunque Dios no sale a relucir en muchas de nuestras conversaciones, te agradezco por verlo en mí, valorarme y respetar lo que creo. Soy tan pecadora y humana como tú, con problemas y heridas que aún están sanando, alegrías y tristezas. Es un privilegio y un honor para mí poder conocerte y amarte. Y espero que después de leer todo esto, sepas que todo este amor NO VIENE DE MI.

Si eres un “conocido” o un desconocido, quiero decirte que no soy una cristiana perfecta, no siempre vivo lo que predico, que cometo errores, digo y hago cosas que no tendría que decir ni hacer, tengo luchas e inseguridades, sirvo activamente pero a veces me levanto sin ganas de servir y que aún estoy en un proceso que va a terminar hasta que llegue a la meta que es el cielo. Todo esto que lees, si ves algo bueno, y todo lo que está por venir no viene de mí. Viene de Él.

Hoy te invito a que cuando pienses en tu historia con Él, veas a tu alrededor y descanses en esa verdad de que eres amado, sin condición. Y que recuerdes que ese amor constante viene de alguien real que cuando caminó en esta tierra, vivió cada una de las cosas que te predicó.

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